—¡Ay, hermosa mía, mi autoridad no alcanza a tanto! —repuso el rey con amargura.
—¡Dios mío, Dios mío!...
—Si queréis libraros del horroroso suplicio que os amaga, solo un medio os queda.
—¿Cuál es?
—El de retractaros de todo cuanto habéis dicho.
—¡Jamás, rey, jamás!
—¿Y permitiréis que yo os vea morir sin poder salvaros? ¡Oh, hacedlo por mí, tened compasión de vuestro amante!
—Conque, según eso, ¿creéis una impostura mi acusación?
—¡Impostura! No, ciertamente.
—Pues entonces, ¿qué teméis?