—Tienes razón: nada temo ya; ¿estás contenta? Y dime —repuso el rey así que vio asomar la alegría al rostro de su amante—: ¿por qué tienes tanto empeño en que se efectúe el combate?

Mas conviniendo a Piedad variar de asunto, se acercó a una de las ventanas que daban vista a la entrada principal del alcázar y dijo a don Fernando:

—¿Entran, señor, todos aquellos caballeros a saludarte?

—Sí, y esa es la causa de que me separe de ti por ahora —contestó el monarca, acercándose a la ventana para ver a la multitud de caballeros que en el alcázar penetraban.

—¡Tan pronto!

—Sí, hermosa mía; voy a recibir los enojosos saludos de esos hombres, que el que menos es mi más mortal enemigo.

—¡Tenéis razón! ¿Y hasta cuándo?

—Pronto volveré.

—Oh, sí, venid pronto.

—Adiós, Piedad.