—Él os guarde, señor —contestó la gitana acompañando al rey hasta la salida.
CAPÍTULO IX.
De cómo Aben-Ahlamar, el judío, encontró a Piedad, la gitana, más contenta de lo que esperaba.
Apenas se hubo marchado el enamorado rey, trocó Piedad el traje con que le había recibido por otro que la hacía veinte veces más hermosa. Bien es verdad que sus ojos, poco antes tristes, brillaban ahora de contento, y todas sus facciones, sin poder nosotros adivinar la causa, habíanse animado de una manera particular. Estaba en aquel momento radiante de alegría y satisfacción.
El judío Juffep, que ardía en deseos de saber el desenlace de aquella entrevista, penetró en la morada de la gitana. Recibiole esta con afabilidad, y le dijo antes que él preguntase nada:
—Ya estaréis contento, Aben-Ahlamar.
—¡Yo! ¿Y por qué, hija mía?