—Tenéis razón, callaré.

Y el bello rostro de la interesante gitana fue inundado por un torrente de lágrimas, que el rey se apresuró a contener con sus apasionadas caricias.

—¿Te pesa, ángel mío, lo que has hecho por tu amante? —dijo don Fernando, oprimiendo entre las suyas las manos de la gitana.

—-No, rey de Castilla, no me pesa.

Hubo un momento de sepulcral silencio: don Fernando contemplaba ensimismado a la encantadora andaluza. Esta incorporose en la poltrona y dijo al estupefacto monarca:

—¿Cuándo fijaréis, señor, el día del combate? Porque tu alteza no habrá olvidado que estoy aquí en clase de detenida.

—Queda a tu elección, querida Piedad. Pero qué, ¿insistes todavía en acusar al conde de Haro?

—¿Me retracto yo jamás, señor, de lo que digo o hago?

—¡Oh, calla, por Dios, calla! ¿No ves que si sale vencido don Juan Alonso Carvajal, serás puesta en tormento y...?

—¡Cielos! —exclamó la gitana asustada—. Y si vos mandaseis...