—Además, don Fernando —se apresuró a decir Piedad—, yo no quería que sufriese la reina por mi causa si llegaba a saber...

—¡Oh, cuán buena eres!

—Porque ella, al fin —continuó la gitana—, era vuestra esposa e igual a vos, al paso que yo, ¿quién soy?

—¿Que quién eres, preguntas? —replicó el rey fuera de sí—; eres mi ángel tutelar; eres mi paz, mis delicias y mi consuelo... ¿Qué me importa mi corona ni mi reino si poseo tu cariño, que es el colmo de mi ventura?

—Sin embargo, señor...

—Pues qué, ¿no te basta mi amor?, ¿no te basta mi cariño?

—Oh, sí, sí, dueño mío; pero al fin soy una criatura sola, desvalida; pertenezco a una raza odiada y maldecida de todos..., porque yo creo, señor, que no habréis olvidado que soy gitana...

—¡Oh, cállalo, cállalo siempre, por Dios!

—Es cierto —prosiguió Piedad— que soy la amante del rey de Castilla; pero ¡cuán fecundo en amargura es para mí ese amor!...

—¡¡Piedad!!...