—Sin embargo, ¡es tu esposa! —repuso Piedad con aparente amargura.

—¿Qué te importa?

—Me importa, señor, porque cuando amo, quiero ser sola.

—Eh, ¿qué le hace que yo reparta mi lecho y mi corona con doña Constanza, si tú sola reinas en mi corazón?

—¿De veras?

—¿Dudas aún, hermosa Piedad? —repuso el rey estampando en la diestra de la gitana un sonoro y prolongado beso.

—Dudar de tu amor, no; pero tengo celos.

—¿Y por eso me abandonaste?

—Sí.

—¡Cielos!