Reinó el silencio por largo rato en la estancia. Don Fernando fue el primero que lo interrumpió, cogiendo a Piedad las manos con cariño, y diciéndole en tono de queja:

—Dime, querida mía, ¿por qué me abandonaste? ¿Te ofendí en algo, o te cansaste de mi amor?

—¡Oh, nada de eso, señor! —exclamó Piedad reclinando su cabeza en el pecho de don Fernando.

—¿Pues entonces...?

—Te amaba demasiado para poder sufrir que otra...

—¡Oh, explícate!

—¿Cómo querías, señor, que pudiese vivir tranquila, cuando otra mujer venía a robarme tu amor?[3]

[3] A los pocos días de conocer el rey en Castrojeriz a la gitana, contrajo matrimonio con la hija del rey de Portugal.

—El amor que te tenía y te tengo, querida mía, no lo puede extinguir nadie...