—¡Ah, yo impostora!
La gitana llevose ambas manos al rostro. En aquel momento se desprendió el antifaz y cayó a los pies del monarca. La noticia de que todos los moros de España habían invadido Castilla no hubiera sorprendido tanto al joven Fernando como lo que en aquel momento veía. Pasose una mano por los ojos para convencerse de que no soñaba, y exclamó al fin entre frenético y admirado:
—¡¡Piedad!!...
El rostro de esta estaba en aquel momento sublime, encantador: sus mejillas encendidas como la grana, prestaban a su color una gracia particular; sus hermosos ojos, entonces amortiguados, parecían que imploraban misericordia; su boca entreabierta despedía de vez en cuando sonidos inarticulados, y sus cejas pobladas y negras seguían el mismo movimiento de sus ojos de azabache. El rey la contempló largo rato como extasiado, y le dijo lleno de alegría:
—¡Ah, te vuelvo a ver, ángel mío! Dime, ¿me amas aún?
La contestación de la gitana fue precipitarse en los brazos del monarca.
CAPÍTULO VIII.
Síguese tratando el mismo asunto del capítulo anterior.