—Me es absolutamente imposible complacer a tu alteza.
—Lo siento como hay Dios. Pero decidme, hermosa desconocida, ¿qué motivo o causa os ha movido a acusar al conde de Haro de un crimen que no se atrevería a cometer el más villano de los hombres?
—Supe por una casualidad ese suceso, conocía a la víctima y creyendo que en tu corte se podía pedir justicia, me determiné a implorarla por una mujer tan sola y desamparada como yo.
—Pues permitidme que os diga, señora, que no creo capaz al conde del delito que le imputáis.
—¿No? El cielo lo revelará el día del combate —dijo Piedad reprimiéndose a pesar suyo.
—Tenéis razón: esperemos.
—Esperemos, sí, esperemos ese día, y verá tu alteza en el hombre a quien defiende, el autor del atentado que ha traído ocupada a tu corte en estos días.
—Imposible, enlutada, imposible —repuso el rey por lo bajo—, el conde de Haro es un caballero de los más nobles de Castilla...
—¡El conde de Haro es un villano! —exclamó Piedad fuera de sí.
—Y vos, una impostora.