—¡Ah, señor, cuánta bondad! —exclamó Piedad echándose a los pies del monarca y desfigurando cuanto pudo la voz.
—Alzad, señora, y sentaos —repuso don Fernando dando una mano a la gitana.
Aben-Ahlamar salió de la estancia y cerró la puerta que daba entrada a ella.
—¿No me esperabais, señora? —dijo el rey después de haberse sentado enfrente de Piedad.
—No esperaba verdaderamente —repuso esta, aparentando agradecimiento— que el rey de Castilla viniera a verme, a mí, pobre, sola, desvalida, y lo que es más, señor, prisionera.
—¡Eh, dejaos de cumplimientos! Tenía ganas de conoceros y por eso he venido.
—¡A mí, gran señor! ¿Y por qué?
—Porque la franqueza con que me hablasteis, la manera que tuvisteis de insultar a los grandes de mi corte y de acusar al conde de Haro ha despertado en mí vivos deseos de conoceros.
—Perdonadme: pero es fuerza que yo permanezca cubierta mientras esté en vuestra corte.
—Conque según eso...