—Sin duda, cuando...

—Habreisle dicho algo —replicó furiosa Piedad.

—Te juro por el Dios de Abraham, que nos está escuchando, que mi boca no se ha abierto sino para decir al rey veinte veces que habías muerto. Pero su alteza, que se conoce te ama aun después de muerta, no se ha quedado completamente satisfecho y quiere hacerte una visita.

—Bien está, traed al rey cuando gustéis, Aben-Ahlamar; pero dadme tiempo para vestirme de la misma manera que ayer fui a la corte.

—¿Te vas a cubrir el rostro?

—¡Espero al rey, Juffep!

Así que se hubo marchado Aben-Ahlamar, se apresuró Piedad a ponerse el mismo traje y antifaz que llevaba cuando delató al señor de Santa Olalla. Sentose después en una poltrona y apoyando la frente en su mano derecha esperó en esta posición a que entrase la persona anunciada por el judío. No tuvo que aguardar mucho la bella gitana, pues un instante después de haber salido Juffep presentose de nuevo seguido de un joven hermoso y elegante, diciendo al entrar con la mayor sumisión e inclinando la cabeza:

—Aquí tenéis a su alteza el rey.

El rey y Piedad