—Entrad por ahí.
Siguió el nigromántico la dirección indicada por la doncella de Piedad, y a los pocos pasos se encontró con esta, que se entretenía en concluir una labor de su sexo.
—¡Cómo, tan temprano y trabajando! —le dijo Aben-Ahlamar con cariño.
—Sí, lo hago por mero pasatiempo; no puedo sufrir el lecho en cuanto asoma el día. Pero ¿a qué venís aquí a esta hora?
—Vengo a anunciarte una visita.
—¿Una visita? Buena hora es en verdad. ¿Quién es?
—Oh, una persona que vale mucho y puede más —contestó el judío en tono de broma.
—Acabad.
—El rey.
—¡El rey! ¿Qué habéis dicho? Pues qué, ¿sabe su alteza que yo vivo?...