—Atended, señor...
—¡Basta de objeciones, Aben-Ahlamar!
—Perdona...
—Decidle que el rey quiere interrogarla sobre la acusación de don Lope.
Inclinose el judío respetuosamente y desapareció de la presencia del monarca. Echose después este por los hombros el ropón con que venía cubierto, y se puso a examinar con detenimiento las retortas, alquitaras y demás instrumentos que había en la morada del alquimista judío.
Subió Juffep una estrecha escalinata que conducía a un piso entresuelo, y dio con suavidad un golpe en una puerta de no muy grande dimensión.
—¿Qué queréis a esta hora? —preguntó al judío una joven no mal parecida, dejándolo entrar al mismo tiempo.
—¿Se ha levantado vuestra ama?
—Sí.
—Necesito verla al instante.