—Pues te han engañado, porque permanece cubierta de la misma manera que tu alteza tuvo lugar de verla ayer.
—¿Os habla con agrado?
—Ni con agrado ni sin él, porque, si no la hubiera oído cuando acusó al hijo del último señor de Vizcaya, la creyera muda.
—¿Se niega a contestaros?
—Completamente.
—Ganas me están dando de hacer una visita a vuestra prisionera.
Aben-Ahlamar se turbó de tal manera que su cara y la cera corrían parejas.
—Sí, sí —continuó el rey—, id a donde esté y decidle que necesito verla ahora mismo.
—Por la hora, señor, conocerá tu alteza que el sueño será todavía con ella.
—No importa, marchad a donde se halle.