—Justamente. Me dijisteis que había muerto a poco tiempo de salir de Valladolid, donde os hallabais conmigo a la sazón.

—Con efecto, gran rey, esa noticia llego a mí por conducto de una mujer que acompañaba siempre a la joven, cuya temprana muerte todos lamentamos.

—Tal vez os riais de mí, Aben-Ahlamar; pero abrigo la creencia de que la hermosa Piedad fue la que ayer se presentó a acusar al conde de Haro de raptor de la dama de mi querida madre.

—¡Qué dices, señor! Por Dios que sería maravilloso que debajo del antifaz y de las tocas que cubrían la cabeza de la reverenda dueña que acusó al conde encontrásemos la calavera de la hermosa Piedad.

—Mirad —repuso el rey— que su voz la conocí de tal manera que creo muy difícil me haya equivocado.

—No obstante, rey de Castilla, esa joven ha muerto, desgraciadamente.

Don Fernando escondió el rostro entre sus manos, para dejar salir de su agitado pecho un prolongado suspiro. Largo rato se mantuvo en esta posición, sin pronunciar una sola palabra y sin dar señales de que vivía, hasta que incorporándose de repente dijo con aire de indiferencia.

—¿Supongo tendréis en vuestro poder a la acusadora?

—Sí, señor.

—Hanme dicho que es joven y hermosa —repuso don Fernando clavando al mismo tiempo sus ojos en el venerable rostro del nigromántico.