—¿Quieres cerciorarte de lo que te digo?

—No, porque es falso.

—Déjate de cuentas, y si quieres desengañarte por tus mismos ojos, mañana mismo...

—¿A qué hora? —repuso la gitana fuera de sí.

—Por la mañana y en mi habitación.

—Bien, iré; pero ¡pobre de ti si me engañas!...

Volvamos al rey y a su infame médico, que hace rato nos esperan en el alcázar puesto que ya conoce el lector y ha visto en el capítulo IV de esta crónica la escena anunciada arriba por Aben-Ahlamar.

El rey continuó de esta suerte:

—Me dijisteis cuando desapareció de vuestro lado aquella joven...

—¿Mi sobrina, señor?