Permítanos ahora el lector que digamos algo de los amores de Piedad con el raptor de doña Beatriz de Robledo.

Instruida estaba perfectísimamente la gitana por el judío Aben-Ahlamar del papel que en aquella escena le tocaba representar y de la manera que debía de conducirse con el joven e inexperto monarca. Cumpliolo todo al pie de la letra y a las mil maravillas. Jamás sintió por don Fernando ni un cariño fraternal siquiera; pero no por eso dejaban de ser ardientes sus miradas cuando iban dirigidas al joven que con loco desvarío la amaba; no por eso dejaban de ser sus besos abrasadores, siempre que los estampaba en la tersa frente o en los finísimos labios de su augusto amante. Sus amorosas palabras no las hubiera pronunciado acaso la mujer más frenética por el objeto querido de su corazón.

En este estado vivió la bella gitana por espacio de tres meses poco más o menos. Al cabo de este tiempo se cansó de fingir, por haber visto un día en la corte a un mancebo que tanto tenía de hermoso como de perverso y cruel. Este joven vino a arrebatarle su sosiego, y su bella imagen quedó esculpida con caladeros de fuego en el alma apasionada de Piedad. Huyó a poco la aventurera del lado de Aben-Ahlamar, dejando por consiguiente al rey huérfano de sus caricias, que un advenedizo recibía sin comprender la ternura de que estaban impregnadas. Don Lope, según afirman las crónicas, nunca amó a la gitana, sin embargo de figurarse él todo lo contrario. Llegó por fin un día en que el amor que el conde creía tener a Piedad, y cuyos cimientos se iban desmoronando a fuerza de dudas, se hundió para siempre en el abismo del olvido a vista de otra belleza que, sin quererlo, robó a la supuesta sobrina de Aben-Ahlamar el corazón de su pérfido e insconstante amante. Justa expiación de la conducta que la nieta de Simeona siguió con el joven don Fernando. No supo apreciar el verdadero afecto del monarca, y puso sus ojos en un hombre que la desairó completamente, y aun llegó a odiarla tan pronto como tuvo ocasión de conocer a la linda y pudorosa dama de la reina doña María Alfonsa.

Repetidas veces dijo Aben-Ahlamar a su antigua pupila que el conde de Haro no la amaba. Repetidas veces le hizo ver que el rey siempre la recibiría gustoso, y que de ser la querida del conde de Haro no ganaba tanto como de ser la favorita de Fernando IV de Castilla. Piedad nunca hizo caso de las palabras del judío. Era el suyo un amor demasiado profundo para que pudieran destruirlo el brillo de una regia corona y el fausto de una corte selecta y poderosa.

—Cesad —decía la amante de don Lope cuando Aben-Ahlamar le hablaba de él.

—Y si yo te dijera, hija mía, que el conde de Haro jamás te ha querido, ¿qué me dirías?

—Que mentíais —le contestaba desesperada la gitana.

—¿Y si te dijese que ese hombre por quien eres desgraciada te aborrece de todo corazón?

—Callad, viejo maldito, callad, o haréis estallar mi enojo.

Pero el judío, a quien tenía más cuenta fuese la gitana amante del rey que del conde, reponía sin que le arredrasen las palabras amenazadoras de Piedad.