—¡Cómo!, ¿lo sabíais? ¿Y sabes también que acaba de estar ahora mismo en mi morada?
—Tanto... Pero ¿qué os ha dicho?
—Que si hago porque esa aventurera llegue a amarle, me recompensará más que suficientemente. ¡Cuerpo de Cristo, y qué enamorado está el rapazuelo!
—Reíos, Aben-Ahlamar, de las promesas de los reyes.
—Sin embargo...
—Más positivas son las mías.
—Ya te he dicho, magnánimo príncipe, que puedes disponer eternamente de mí, de mi ciencia y de todo cuanto me pertenece.
—Lo sé, Juffep —repuso el infante—. Lo que conviene ahora —continuó—, es que tú te desentiendas de todo, y dejes a mi cargo ese negocio. ¿Me comprendes?
—Perfectamente.
El infante y Aben-Ahlamar lograron su deseado intento. El primero pasó con el monarca por el protector, por el medianero de sus ilegítimos amores. Con esto consiguió que el joven Fernando le tomara un cariño grande y le entregase el mando absoluto del reino, que el perverso infante repartía con su amigo el conde de Lara; pero sin revelarle ni explicarle nunca les medios de que se había valido para que el rey le dispensase segunda vez su confianza y amistad. El segundo, Aben-Ahlamar, fiel a la palabra dada a don Juan de no tomar cartas en el asunto de los amores del rey, recibía a manos llenas del infante cuantiosas sumas que atesoraba con insaciable avaricia.