—¡Oh, callaos, callaos por Dios, no me recordéis esas cosas! Yo la amo, Aben-Ahlamar, la amo mucho, mucho, ¡más que a mi corona! Para mí no es gitana, Aben-Ahlamar; para mí no es judía, solo es un ángel, una diosa... ¿Pudiera verla? —insistió el joven con impaciencia.
—Quisiera complacer a tu alteza, pero en este momento...
—¡Fatalidad, fatalidad! —exclamó el rey con desesperación—. ¿Qué hace ahora?
—Descansa, señor. Pero si tu alteza quiere...
—Oh, pues entonces déjala, deja que duerma, Aben-Ahlamar; pero ofréceme en cambio que le has de hablar de mí... Dile que un joven de su misma edad la ama mucho..., con delirio... Haz por que me conozca, mas no le digas que ciñe mis sienes una corona real, porque entonces tal vez no haya en su amor toda la abnegación que yo apetezco. ¡Oh, cuánto diera en este momento por no ser rey! Escucha, Juffep, si inclinas a tu sobrina a que me ame..., te ofrezco..., te doy mi palabra real de que has de quedar contento: ¿entiendes?
Y el enamorado joven salió de la habitación de su médico, el cual sin perder tiempo buscó al infante don Juan y le dijo:
—Señor, el pájaro ha caído por sí solo en la red.
—Explícate.
—Quiero, decir, gran señor, que el rey está ya muerto de amor por esa muchacha que tú has querido hacer pasar por sobrina mía.
—No me dices nada nuevo.