—Tanto mejor.
—¿A qué no adivináis por qué, Aben-Ahlamar?
—¿Amáis acaso al rey?
—Oh, no, menos que antes.
—Pues entonces, ignoro completamente...
—No os parece que cuando lo llegue a saber el conde de Haro tendrá celos, y...
—¡Ah!, ¿tenéis esa ilusión, inocente niña?
La gitana quedose al principio petrificada con lo que oyó a Juffep. Pero después se acercó a él con ademán amenazador, y le dijo sin poder contener las amargas lágrimas que un momento inundaron sus encendidas mejillas:
—¡Os gozáis, infernal criatura, en destruir todas mis ilusiones!
—Fuerza es, Piedad, que os convenzáis —repuso el judío con la mayor calma— de que el conde de Haro no os ama.