—Sí, ya sé que esa mujer, de quien me vengaré, me ha robado el cariño del hombre a quien amo con delirio; pero don Lope me ha querido, Aben-Ahlamar.
—Tanto como ahora.
—¡Mientes, viejo maldito, mientes!
—Sea; pero el conde a quien ha amado siempre es a doña Beatriz de Robledo.
—¡Oh!, me vengaré de los dos terriblemente... De algo —dijo Piedad con amargura— me ha de servir ser la favorita de un monarca...
—Harías muy mal, tocante a ella.
—¿Y por qué?
—Porque la de Robledo aborrece de muerte a tu ingrato amante.
—No obstante es la causa de que él me haya olvidado.
—¿Tiene acaso la culpa Beatriz de ser hermosa?