—¡Es verdad!... ¡No sé lo que me digo, Aben-Ahlamar!

Piedad guardó silencio largo rato. Sus mejillas estaban encendidas, sus ojos preñados de lágrimas. Piedad amaba a un hombre que la despreciaba por otra que lo aborrecía, como hemos tenido lugar de ver en los capítulos anteriores. Pasose la gitana una mano por su rostro, después de haber reflexionado un buen rato, y dijo al judío con faz serena:

—¿Conocéis personalmente a la víctima de don Lope de Haro?

—¿A Beatriz?

—Precisamente.

—Oh, mucho.

—¿Y es cierto que es tan hermosa como dicen? —dijo Piedad mirándose al mismo tiempo en una magnífica plancha de acero, que a falta de espejo frente de ella había.

—Oh, divina, divina, hija mía. Es un ángel en figura y en sentimientos... Lo que es vuestro amante, ¡tiene gusto para elegir dama!...

—Deseo conocerla, Aben-Ahlamar.

—¡Cosa rara, conocer una mujer celosa a su rival!