—Veamos.
—El objeto es impedir que don Lope vea a la de Robledo. Por supuesto que esto tiene su término, como todas las cosas; no es más que por unos días. Yo quedo en avisarte cuando ha de cesar esta privación. Para el efecto dirás al conde que está enferma, postrada en cama, débil, y que su presencia en el estado en que se encuentra la paciente sería fatal, de funestas consecuencias; en fin, tú lo arreglas de modo...
—Antes me dejo matar que hacer lo que dices.
—Pues en ese caso te voy a proporcionar el honor de que mueras a manos del verdugo de su alteza. Hoy mismo sabrá este que tú, en unión del conde, sois los autores del rapto de la dama de su madre, y de otras cosillas que te acreditan de ser un solemne bellaco.
Al mismo tiempo de proferir la gitana las anteriores palabras, pasó de sus manos a las del judío un puñado de monedas que este guardó con indecible placer en los bolsones de su hopalanda morada, diciendo:
—¡Cáspita! Conque si no accedo, sabrá el rey...
—Hoy mismo.
—¡Oh!, pues francamente, querida mía, no tengo ganas de mecerme, colgado por el pescuezo, en los árboles de la alameda. Conque así...
—¿Impedirás, hasta que yo te avise, que moleste el conde a la amante de Carvajal?
—Sí, no dudes que me aprovecharé de tus consejos.