—¡Ay de ti como yo sepa...!

—Te juro, por el Dios de mis padres, que lo haré, aunque se oponga el demonio, mi más íntimo amigo.

—Bien, bien —dijo la gitana subiendo al mismo tiempo las escaleras que conducían a su morada—; yo no te perderé de vista ni un solo instante.

CAPÍTULO XIII.

En donde verá el lector que en el siglo XIV no sabían leer los caballeros.

El público del siglo XIV era tan novelero y amigo de novedades como el del XIX, y como el de todas épocas y edades. La noticia del indulto concedido al infante don Juan y la devolución de todos sus títulos y honores era asaz importante para que no se apoderase de ella y la comentase a su manera y antojo. Quién opinaba que la determinación tomada por don Fernando era hija del mucho temor que este tenía a su tío, por el prestigio de que, a pesar de su maldad, gozaba entre sus conciudadanos; quién decía que al rey le había movido a lástima la vida errante y azarosa que el proscrito llevaba; y los más cuerdos juzgaban que todo era debido a los consejos de la muy prudente señora, doña María Alfonsa de Molina. Lo cierto, carísimos lectores míos, es que el infante don Juan recibió con la mayor alegría la noticia de su perdón y la orden de trasladarse a Grijota con su amigo y compañero de ostracismo, el cronista y exmayordomo mayor de palacio don Juan Manuel. El deseo del hermano de Sancho IV era reunirse cuanto antes con el conde de Haro para llevar a cabo la proyectada venganza de ambos. Así es que cumplió esta vez con puntualidad la orden que le dio el rey de que lo esperase a él y a su corte en Grijota para firmar los contratos. Allí vería también al amante de la gitana.

La reina Doña María no cabía en sí de contenta en vista de la buena y no esperada solución que se había dado a la cuestión del infante, su cuñado; y de su amigo el también virtuoso don Juan Manuel. Creía la madre de Fernando IV que ya Castilla gozaría de paz, y que su adorado hijo no tendría nada que temer de los grandes, cosa muy posible si no conociesen estos el carácter del rey y no se aprovechasen de las ocasiones que rara vez desperdiciaban ya unos, ya otros, para escarnecerlo y negar su autoridad y mandato, siempre que el interés particular de cada uno lo exigía así. Sin embargo, las mayores turbulencias se concluyeron, y si no obtuvo Castilla una paz octaviana, cesaron por lo menos las pretensiones de los infantes de la Cerda.