Quería Doña María que no se efectuase el combate provocado por el de Carvajal para vengar a su futura, porque conocía bastante a fondo el carácter de don Lope, y sabía que si se llevaba a cabo el duelo y si salía vencido y, por consiguiente, culpable del delito que se le acusaba, dejaría preparada alguna venganza tan terrible como todas las que él disponía, alguna venganza que hiciese hasta vacilar el trono de don Fernando. «¡Adiós entonces para siempre», decía la reina, «la paz tan codiciada! ¡Adiós entonces mis halagüeños deseos de ver a Castilla tranquila y a su rey seguro, querido y bendecido de sus pueblos! ¿Qué hacer en el caso de que don Juan Alonso Carvajal pida al rey que fije el día del combate? Es preciso que este no se efectúe y que el amante de Beatriz desista de su empeño. ¡Ah, si yo pudiese convencerlo...!».
Y doña María dio orden de que lo llamasen de su parte.
No faltaba más, para que se lograsen los justos fines de la reina madre, sino que don Juan le ofreciese no batirse con su odioso antagonista. Decimos esto porque el rey, su hijo, le había dado de antemano la halagüeña noticia de que si podía contentar al contrario del conde, no se llevaría a cabo el duelo tan ansiado por el de Carvajal como temido del conde de Haro.
Recordará el lector que doña Beatriz aconsejó a Piedad que, para evitar las funestas consecuencias del combate dispuesto entre los dos amantes, dijese al rey que todo lo que había dicho contra el conde había sido inventado por ella para vengarse de los agravios que de él había recibido. En efecto, así lo hizo la gitana. Y el rey se apresuró a poner en noticia de su madre que el combate no se celebraría, si ella podía contentar al amante de la de Robledo.
No le costó mucho trabajo a doña María el convencer a don Juan Alonso Carvajal de la necesidad de que desistiese del duelo con el conde, porque cuando se da con un noble corazón y se ponen en juego sentimientos generosos, cuesta bien poco conseguir lo que se desea. Todo lo sacrificaba el de Carvajal por complacer a la segunda madre de su dama. Pues ¿qué hacer si una mujer, una reina, le pide con lágrimas en los ojos que la felicidad de su hijo, el bienestar de su rey y señor depende de que él acceda a lo que le pide?
No obstante de asegurarle doña María que ella se encargaría de buscar a Beatriz, aunque se hallase en el centro de la tierra, salió don Juan más muerto que vivo de la estancia de la de Molina. «¡Qué es lo que he hecho!», decía. «¿Ofrecer no castigar al autor de las desgracias de mi amada? ¿No vengarme del autor de todos los malos ratos que sufre? ¡Oh, qué he hecho, Dios mío!».
El amante de Beatriz vagaba por las galerías bajas del alcázar con la cabeza inclinada sobre el pecho y los brazos cruzados, sin saber adónde estaba ni qué dirección tomar. Su situación en aquel momento no podía ser más aflictiva.
Una persona cubierta de pies a cabeza que le había seguido desde que salió de la habitación de la reina viuda se acercó a él y le dijo interrumpiéndole el paso:
—¿Os llamáis don Juan Alonso Carvajal?
—No os conozco —repuso este con mal modo y continuando su marcha.