Pero la desconocida dio un brinco y se puso de nuevo delante de él.

—Poco cortés sois con las damas, caballero —le dijo la desconocida.

—¿Dama, habéis dicho? ¡Ah, perdonad, iba distraído!, ¿qué me queréis?

—Una persona que se interesa por vuestra felicidad, y a quien no conocéis, me ha entregado para vos este billete.

—¡Una persona que se interesa por mí, y a quien no conozco, decís!

—Sin duda.

—¡Por Santa Polonia —exclamó don Juan riéndose mal su grado—, que no he visto en los días de mi vida cosa más divertida ni extraordinaria que esta!... Pero dadme el billete, señora.

—Tomad, a condición de que no habéis de faltar.

—Adición es esa...

—Dios os guarde, caballero —repuso la desconocida, echando a andar al mismo tiempo.