—Oh, señora, venid, venid que os doy mi palabra de ir aunque sea al infierno.

—En ese caso, tomad.

—Pero no podríais decirme, hermosa desconocida —insistió don Juan sin coger el pergamino...

—No puedo, caballero. Ya os lo he dicho... Y por Dios, que estáis importuno en demasía.

—Perdonad, señora, perdonad —repuso el mancebo inclinándose.

La encubierta despidiose del de Carvajal con una leve inclinación de cabeza después de darle el escrito.

Este, así que se hubo marchado la desconocida, deslió con avidez el pergamino, y lo devoró con la vista. Pero dándose una palmada en la frente exclamó con desesperación:

—¡Voto va! ¡Si no entiendo estos malditos garabatos que solo una persona que tenga pacto con el demonio puede haber escrito!

Y don Juan miraba y estrujaba el escrito entre sus manos sin saber qué hacer ni qué partido tomar. Acercose al fin, como inspirado, a una puerta que había frente de él, y dio fuertemente con el nudillo de sus dedos en ella al mismo tiempo que dijo:

—Este, ya los entenderá.