Y aquellos dos hombres a cual más perverso y sanguinario, guardaron silencio por un momento. El conde reflexionaba, y el judío seguía con la vista todos los menores movimientos de don Lope.

—¿Queréis darme una prueba de que todavía puedo contar con vos? —dijo el conde dando a su voz un tono menos acre que el que había usado hasta entonces.

—Si te digo, señor, que puedes contar conmigo eternamente, como ya te he dicho varias veces, no me creerás, pero mis hechos responderán a tu grandeza. Habla, si te place.

—Pues bien: ¿sabréis, supongo, mis antiguos amores con la que hoy es amante del rey?

—¿Con Piedad, señor?

—Justamente.

—Los conozco efectivamente, señor; y Piedad se queja de ti amargamente.

—Pues ¿cómo sabes...?

—Muy fácilmente. En las distintas veces que la he espiado por el secreto que tengo en su habitación, secreto que tu grandeza conoce, la he visto loca, frenética, con el cabello esparcido en desorden por su espalda, los ojos desencajados, y maldiciéndote unas veces y otras llamándote con loco arrebato: la infeliz te ama con delirio, a pesar de los ultrajes que de ti ha recibido. En mi concepto, señor, Piedad es digna de otro trato por parte de tu grandeza.

—Piedad, Aben Ahlamar, es una mujer sin corazón, sin sentimientos, una prostituta hedionda que merece el castigo que le he dado.