—Señor, Piedad es más desgraciada que otra cosa.

—¿De cuándo acá os habéis vuelto tan humano y compasivo, señor bribón? Por Cristo, que si volvéis otra vez a entrometeros en mis asuntos sin que yo os lo mande, lo vais a pasar mal, Aben-Ahlamar, muy mal.

—Señor —repuso el judío temblando de nuevo, y separándose un poco del conde—, me abstendré de hacerlo, a fin de no desagradarte. Pero escucha, y perdóname por esta vez. ¿Ves esa mujer a quien has maltratado y desprecias, la ves triste, abatida, y llena de amor hacia ti, aunque lo niega y procura disimularlo? Pues de esa mujer, conde de Haro, recibirás algún día palabras dulces y consoladoras que, cual otras tantas gotas de benéfico bálsamo, caerán sobre tu ulcerado corazón. La buscarás lleno de esperanza, porque solo sus divinas palabras serán capaces de cerrar por un momento las llagas que...

—Basta de cuentos propios para niños y mujeres, Juffep.

—¡Lo crees un cuento! Pues bien, el tiempo lo dirá, conde de Haro. Mira que yo rara vez me suelo equivocar en mis pronósticos.

—Ni por esa lograréis embaucarme, querido pícaro. Vuelvo a mi asunto. De los amores que con esa mujer tuve resultó un hijo, un hijo que es mi dicha y mi esperanza... Pues bien, ese niño lo tiene Piedad, y yo lo quiero poseer a toda costa, ¿me entiendes? Un tesoro inmenso pasará de mis arcas a las tuyas, y a más de esto mi perdón y mi eterno agradecimiento. Si no consigues desenfadarme con esto, me responderás clara, categóricamente, a los cargos que anteriormente te he hecho. ¿Aceptas?

—Acepto sin vacilar, señor.

—¡Oh, bien, bien!

—Y después que te entregue a tu hijo, te daré una cosa para ti mucho más importante.

—¡Más importante que la adquisición de un hijo perdido!