—Más todavía.

—¡Oh, veamos, veamos!...

—Perdona, pero obraría con muy poca prudencia si te lo dijera ahora. Conde de Haro, estamos en el alcázar de Burgos y las paredes oyen para contárselo todo después a doña María. El rey va a mover sus armas contra los moros de Granada, tu irás en el ejército con tu mesnada, y yo en calidad de físico de su alteza. Pues bien, en Martos o en Jaén, donde ya no tendremos los enemigos que aquí nos cercan, te doy mi palabra de dártelo, y aun de indicarte el uso que, en mi pobre entender, creo debes hacer de él.

—Me conformo.

Y el conde a poco de esto salió de la habitación del perverso nigromántico, en extremo satisfecho de él.

Así que Aben-Ahlamar se vio libre de don Lope, respiró con más libertad y dio gracias al cielo por haberle librado de su ira.

Llegose después al resorte practicado en la pared y que por una escalera de caracol se llegaba al departamento de Piedad, y así que hubo cerrado la trampilla por la parte de adentro, comenzó a subir los peldaños con paso firme y seguro. A poco oyó ruido en el aposento de la gitana y prestó atento oído. Pero Aben-Ahlamar necesitaba ver, y para el efecto sus ojillos de lince, pequeños y vivos cual dos chispas, se vieron brillar por dos agujeros tan grandes como ellos, perfectamente hechos en el arabesco de la pared.

El judío ahogó un grito de alegría: había visto lo que deseaba.

Piedad, la amante del rey, la infeliz víctima del conde de Haro, creyéndose sola, acariciaba con loco arrebato el hermoso rostro de un niño de dos a tres años, rubio, blanco y de ojos azules, que había echado en un precioso lecho primorosamente adornado. Sus pequeñas y preciosas manos de cera jugaban sin cesar con los espesos y negros rizos de la gitana.

—¡Enrique, hijo mío! —decía esta estampando en las delicadas facciones de la criatura multitud de besos que producían en la estancia un sonido agradable—. ¡Oh, cuán feliz soy! Un hijo..., un hijo que será mi dicha, un hijo que me recompensará con su cariño los amargos ratos que he sufrido y sufro..., pero ¿qué será de él, Dios mío? ¿Qué porvenir le tenéis reservado?... ¿Qué será de esta pobre criatura, nacida en la desgracia y condenada a vivir en la oscuridad? En la oscuridad, sí; porque este ángel, esta parte de mi alma, debe ignorar siempre a quién debe su existencia. ¡Oh!, si llegara a saber algún día..., ¡jamás, jamás, hijo querido, nunca, porque renegarías de tus padres y te maldecirás tú! ¡Oh, Señor, haced porque siempre lo ignore! socorredle, amparadle en su desgracia que harto infortunado es con haber nacido... Pero no, mientras yo viva..., ¡oh!, ¿quién se atrevería a ofender a mi hijo? ¡Nadie, oh, estoy segura, nadie!