De repente una idea repentina vino a llenarla de inquietud.

—¡Y si me lo quita ese malvado, indigno de ser su padre! —exclamó asiéndolo fuertemente con ambas manos—. ¡Oh!, entonces moriría de dolor..., no tiene ese derecho, es mentira..., ¡soy su madre, y nadie podrá arrancármelo de mis brazos, nadie, ni el mismo Dios!... ¡Oh, qué he dicho, Señor! Blasfemo, perdón; vos sois el único, el único solamente, vos me lo disteis, vos me lo podéis quitar. Pero ¿cómo sufriría yo que pasase de mi regazo al vuestro? El alma se me despedazaría de dolor. Perderlo para siempre, ¡oh, qué terribles palabras!

Y Piedad volvió a besarlo y a estrecharlo contra su pecho. Enrique no jugaba ya con los hermosos rizos de Piedad; sus preciosas manos de nácar no se veían resaltar como antes, sobre el negro azabache del cabello de la gitana; sus ojos se habían cerrado. Estaba dormido.

—¡Dormido! —dijo Piedad, y cerrando con cuidado las ventanas, a fin de que la claridad no le molestase en su sueño infantil, desapareció de la estancia cerrando la puerta tras sí.

Entonces Aben-Ahlamar tocó el resorte, y la pared se abrió para dejarle paso. Y aquel hombre, alto, de barba larga y blanca, cadavérico, que en medio de aquella oscuridad parecía el genio del mal, se acercó al lecho del infante y lo contempló largo rato. El niño hizo un movimiento y Aben-Ahlamar, antes que despertara, lo cogió con cuidado y envolviéndolo en su largo ropón morado desapareció con él por el caracol que conducía a su habitación.

La desesperación de Piedad al notar la falta de su hijo no tuvo limites. En vano lo buscó por todas partes, en vano lo llamó multitud de veces, todo en vano, su hijo querido había desaparecido. El cómo, lo ignoraba la infeliz. En su desesperación sospechó del judío, del conde, de todo el mundo. Pero algo más tranquila después, se convenció de que era imposible. ¿Por dónde habían entrado aquellos hombres, si ella no se separó un solo instante de la puerta del cuarto donde su hijo dormía? Piedad pensó después en el cielo, y cayendo desplomada sobre sus rodillas, exclamó con acento dolorido y desgarrador:

—¡No cabe duda, Señor, he sido culpable y he aquí mi castigo! Os he ofendido y necesito llorar; pero llorar lágrimas de sangre para lavar mis culpas... ¡Ese hijo no debí tenerlo, y me lo arrebatáis! Señor, Señor, no cabe duda, llegó la hora de la expiación... ¿Se podrá negar tu existencia? ¡Oh, imposible..., misericordia, misericordia!

Por disposición de don Lope, el niño Enrique fue entregado a Simeona para que esta lo cuidase mientras duraba la campaña que don Fernando con tantas esperanzas iba a comenzar.

Pero en la segunda parte de esta crónica, que con el título de «Alfonso el Onceno, o quince años después» se publicará muy en breve, tendremos lugar de hablar larga y extensamente del hijo de Piedad y del conde de Haro.