CAPÍTULO XXII.

De cómo el infante don Juan dijo lo que no sentía, y mintió en lo que dijo.

Dice la crónica, y nosotros lo decimos también al final del capítulo XX, que don Fernando y multitud de caballeros se quedaron unos días más en Burgos, después de marcharse el ejército expedicionario casi precipitadamente.

La causa que don Fernando tuviera para no marchar a la cabeza del ejército, y aun de no incorporarse a él en un gran tiempo, ni la sabemos, ni conviene a nuestro propósito averiguarla. Pero sí los motivos que para esta misma detención tuvo el conde de Haro y su digno amigo el infante don Juan. El primero no quería marchar a la guerra sin haber antes arrebatado a su antigua amante el hijo que del ilícito comercio que con ella tuvo resultara. Y el segundo, don Juan, no quería abandonar ni un solo momento a su amigo; no porque desconfiara de él, sino porque los dos habían combinado su plan para la campaña, y en él entraba el caminar juntos, el llegar al ejército a un mismo tiempo, y a un mismo tiempo, también, dar el golpe que preparado tenían. Golpe que desconcertaría al rey y a su ejército, que sembraría la discordia en la pobre Castilla, destinada a sufrir por cobijar en su seno a hombres tan inicuos y perversos como los que nos ocupan en este momento, y que les proporcionaba a ellos no solo un rico y abundante botín, sino el apetecido logro de sus deseos. De manera que tan luego como consiguió don Lope del judío Aben-Ahlamar que quitase a Piedad el niño Enrique, tan luego como se lo entregó a Simeona para que cuidara de él hasta que volviese de la guerra, y tan luego como dejó arreglados todos los negocios que le habían retenido en Burgos, determinó incorporarse al ejército antes de verificarlo el rey, porque así convenía también a sus planes. El infante don Juan fue avisado de antemano por el conde, y cuando ya se disponían a marchar recibió don Juan un recado de la reina madre en el que le suplicaba tuviera a bien verse con ella, pues necesitaba hablarle de cosas importantes.

—¿Qué me aconsejáis, amigo mío? —interrogó el infante a don Lope—. ¿Accedo o no al deseo de doña María? ¿Qué os parece?

—Me parece que debéis ir.

—¿Y si por una casualidad es una emboscada, como la de Alfaro, en que cayó y perdió la vida don Lope de Haro, y en la que yo también estuve a pique de perder la mía? ¡Oh!, doña María es muy astuta y ha aprendido de su marido, Sancho IV, la manera de cazar a sus enemigos, atrayéndolos con palabras tan halagüeñas como pérfidas y engañosas.

—Nada temáis, don Juan.