—¡Oh, oh! Yo no temo..., pero ¿y si me cogen? ¿Creéis que Fernando IV se contentará, como su padre y mi hermano, con tenerme encerrado un poco de tiempo en el castillo de Curiel? ¡Oh, os engañáis! Fernando IV cree que para pacificar a Castilla necesita hacer unos cuantos ejemplares; y no lo dudéis, mi cuello y el hacha del verdugo quisiera verlos juntos por un momento.
—¿Deliráis, amigo mío?
—¡Que si deliro! Nunca he hablado con más formalidad y cordura.
—¡Fernando IV derramar sangre! ¿Y no sabéis que se asusta al verla?
—Sin embargo, don Lope: el rey, mi sobrino, está en extremo irritado conmigo, y estoy seguro que espera solo una ocasión oportuna para librarse de mí.
—Pues bien, id a ver a doña María; yo os acompañaré y aun estaré escondido en palacio: si veo que tardáis me presento a la reina y os reclamo; y si tuviesen la cobardía de prenderos, aquí queda vuestro amigo el conde de Haro, que no solo sabrá libraros, sino que aun os vengará después terriblemente. ¿Que decís?
—Digo que haré lo que me aconsejáis.
Y aquellos dos hombres tan iguales en sentimientos y en maldad se dirigieron al alcázar real, armados de punta en blanco, como si asistieran a un duelo o fueran a entrar en acción.
El conde se separó de don Juan en el patio del alcázar, y este penetró en la morada de la madre de Fernando IV.
Doña María esperaba con impaciencia al hermano de su difunto esposo. Así es que le dijo al verlo entrar: