—¡Ah, sois vos!, necesito hablaros, don Juan: sentaos ahí —repuso, señalándole un sillón que había cerca de ella.
—Señora, estoy enteramente a vuestra disposición..., pero antes de todo, ¿como estáis de salud?
—¡Oh, perfectamente!, aunque no tengo motivos para ello.
—¿No tenéis motivos, señora, para estar buena? ¡Oh!, si no temiera pareceros indiscreto, me atrevería a suplicaros me explicaseis esas palabras.
—¡Siempre tan galante! Escuchadme, querido pariente: ¿cómo estaríais vos si vuestro hijo, a quien adoráis tanto como yo al rey, se viera amenazado, y...?
—¡Amenazado! ¡El rey de Castilla amenazado, señora! Y ¿por quién?
—¡Oh!, por sus mismos súbditos, por sus mismos cortesanos, y aun pudiera decir que por sus mismos parientes.
El infante se mordió los labios.
—Sí, don Juan —continuó la viuda de Sancho IV—, los cortesanos de mi hijo se rebelan contra él, tal vez porque el rey es demasiado bueno y complaciente con ellos; pero no le debe pesar, porque el que obra bien...
—Permitidme, señora, os advierta que vuestros recelos son esta vez infundados. El país está completamente tranquilo, los grandes no solo respetan y acatan a vuestro hijo, nuestro señor y rey legítimo, sino que le quieren y estiman por las buenas y bellas cualidades de que está adornado; y los infantes de la Cerda han desistido completamente de sus pretensiones: conque ya ve tu grandeza que no hay motivo para esos temores. Y la prueba de ello está en que el rey mueve ahora sus invencibles armas contra los moros de Granada. Si el rey, señora, tuviera el menor indicio de que se iba a alterar el orden público, no emprendería la campaña pronta a comenzarse, campaña que le proporcionará no solo glorias y laureles, sino un florón más para su corona.