—Cuán gratas me son vuestras palabras, querido pariente; pero no me pueden tranquilizar porque me consta que se conspira sordamente contra mi hijo. ¡Oh, don Juan!, ¿qué me importa que el pueblo y la mayor parte de la grandeza lo respeten y aun quieran, como habéis dicho, si hay un hombre, que en unión de otros de su clase ha jurado la muerte del rey más bueno y bondadoso que ha tenido Castilla? Pero yo quería saber, Dios mío, ¿qué le ha hecho mi hijo a ese hombre para que este lo odie tanto? ¡Oh, no lo sé..., no lo sé!
—En ningún pecho hidalgo, señora, puede caber semejante infamia —dijo el infante hipócritamente.
—¡Oh, pues lo hay, infante don Juan, lo hay por mi desgracia!
—¿Y no encontráis ningún medio de frustrar esos proyectos tan descabellados?
—Sí, dos tengo —repuso la reina lívida de temor.
—Veamos.
—El primero consiste en hacer un ejemplar con esos revoltosos y malos caballeros...
—¡Caballeros, habéis dicho! —dijo el infante interrumpiendo a doña María.
—Sí, caballeros, y caballeros de los más principales de estos reinos. Si mi hijo, don Juan, tuviera la resolución de su padre, si castigara al delincuente sin distinción de clases, como manda la ley, ¡oh!, de seguro sería querido, temido y respetado a un tiempo. Pero es tan demasiado bueno que temo que esta excesiva bondad le sea perjudicial.
—¿Y el otro medio, señora?