—El otro es menos fácil, pero ni se derrama sangre, que es lo que hay que evitar a toda costa, ni se hace pública la maldad de esos hombres. Solo se reduce a vigilarlos de cerca, y hacerles fracasar todas sus combinaciones. Y si persisten en su loca idea, entonces no habrá remedio para ellos.
—Me parece mucho más prudente lo segundo que lo primero.
—Bien, pues en ese caso cuento con vuestra cooperación, don Juan. Vos conocéis a los revoltosos, vos sois tío carnal de la víctima que quieren sacrificar, y vos por último sois infante de Castilla y debéis ser el primero en dar pruebas de sumisión y respeto al monarca. Para esto os he llamado y esto era lo que tenía que deciros. ¿Qué me contestáis? ¿Puedo contar con vuestra influencia y prestigio? ¿Os comprometéis a ayudarme en todo cuanto esté de vuestra parte para sofocar esa naciente rebelión, que si llega a estallar pondrá a vuestra patria y a vuestro rey en un gran peligro? Hablad claro y con franqueza; decidme terminantemente si Fernando IV tendrá en vos un aliado o un enemigo.
Don Juan vaciló en responder; pero reflexionando que no le costaba ningún trabajo ofrecer lo que no cumpliría, contestó inclinándose respetuosamente:
—Aliado, señora, aliado siempre de todo lo justo y bueno...
—Bien, gracias, don Juan.
—¿Queréis decirme, si os place y no tenéis inconveniente, el nombre del caballero que ha jurado la muerte de vuestro hijo?
—El hombre que conspira contra el rey y que ha jurado su muerte pertenece a una de las casas más esclarecidas de Castilla y León; sangre real corre por sus venas y tiene la necia presunción de decir que en vez de descender él de reyes, los reyes descienden de su antigua y preclara casa.
—Basta, señora, basta. Ya sé quien es, entonces, y me alegro como hay Dios porque el conde de Lara tiene conmigo cierta cuenta pendiente... que desearía ventilar pronto. Si no lo he hecho antes, ha sido porque sabiendo que yo deseaba verme con él le pareció conveniente marcharse a Portugal, y allí lo hacía yo todavía. Pero, ¡oh!, celebro que haya venido. ¡Pobre conde de Lara!...
—Engañado estáis, don Juan; no es el conde de Lara el que me hace a mí temer por la vida de mi querido y desgraciado hijo, el conde de Lara hace ya mucho tiempo que está tranquilo.