—Ignoro entonces, señora...
—¡Qué!, ¿no hay otra familia en la corte del rey de Castilla que tenga la misma ridícula pretensión que los condes de Lara?
—No conozco a otra, señora.
—Oh, pues la hay, don Juan. Los condes de Haro...
—¡Don Lope!
—Sí.
—¡Oh, imposible, señora, imposible de todo punto! Os han engañado, doña María; porque el conde de Haro quiere y respeta al rey, el conde es demasiado caballero para...
—Vos sí que estáis engañado respecto a don Lope, porque él solo y nadie más que él, por su carácter revoltoso y perverso, sería capaz de concebir planes tan diabólicos e infernales. Sí, don Juan, no os quede la menor duda; pero lo que a mí me llama la atención y no puedo averiguar, por más que hago, cuáles sean los motivos que contra mi hijo tenga para aborrecerle y perseguirle a muerte, como lo hace. ¡Infame! ¿Y es ese hombre caballero? ¿Y es noble quien, después de jurar fe y obediencia a su rey, atenta contra la vida de este, que es uno de los más grandes delitos que se cometen? ¿No se os llena el pecho de indignación al ver semejante proceder en un caballero? ¡Oh, Dios mío!, ¿por qué consentís que haya malvados?, ¿por qué no les castigáis haciéndoles sufrir en la tierra los mismos dolores que ellos hacen padecer a sus víctimas? Y luego el conde de Haro mendigará una sonrisa tan solo del rey; y será el que primero le adule..., ¡hipócrita! Ya veis, querido pariente, que no hay momentos que perder. No dejéis de observar siempre a don Lope; en la guerra sed el amparo del rey, su protector; vos sois su pariente, es el hijo de vuestro hermano, don Juan, y no solo cumplís con las leyes naturales, las leyes sagradas de la sangre, no solo libráis a una madre del horroroso suplicio en que vive, sino que salváis también a vuestra patria del luto, del llanto y de la desolación. ¿Qué sería de este pobre país si el rey llegara a faltar? ¡Oh, reflexionadlo bien!... Vos sois el único que nos podéis librar de tantos males; el conde es amigo vuestro, y...
—¡Cesad, por Dios, doña María! El mucho cariño que tenéis hacia el rey, vuestro hijo, os hace abultar las cosas: vivid tranquila y descuidada. Don Fernando no tendrá nada que temer.
—¿Me lo aseguráis?