—Os lo aseguro.
—¡Ah, bendito seáis! ¿Conque seréis el guarda de vuestro sobrino? ¿Conque lo apartaréis de todo peligro que venga por parte de los enemigos que tiene en su misma corte? ¡Ah, don Juan! ¿Y con qué os pagaré yo, pobre mujer, que no he hecho en toda mi vida más que llorar y sufrir? ¿Con qué os pagaré, repito, tamaño bien, tan inmenso servicio? ¡Oh, mi vida os diera si fuera necesario! Pero pedid, pedid cuanto queráis, ¿qué apetecéis? Hablad, hablad, que nada os negaré; porque, ¿qué os negara una madre a quien devolvéis su hijo querido?
—No deseo más, señora, que me permita tu alteza acercar mis labios a una de tus blancas y bellas manos.
La contestación de doña María fue alagar su diestra al infante. Este se apresuró a besársela, pero de una manera galante y afectuosa.
—Ahora, señora, pido a tu alteza permiso para retirarme: porque mi traje os indicará que voy de marcha.
—¿Os vais a incorporar al ejército?
—Precisamente.
—Oh, pues entonces lo tenéis; y el cielo, don Juan, os dé en la campaña tanta gloria como yo para mi hijo deseo. Sed afortunado, y no me echéis en olvido... Escuchad —repuso la reina ocurriéndosele una idea—: si os parece bien y oportuno, decid al conde de Haro que yo estoy perfectamente instruida de sus proyectos, que si da un paso más en la carrera descabellada y funesta que ha emprendido, una palabra, una sola palabra mía le hará subir al cadalso. ¡Dios quiera que no tengamos que recurrir a semejante medio! En fin, don Juan, vos con vuestra conocida prudencia...
—Descuida, reina, descuida.
E inclinándose don Juan con respeto, salió de la estancia de su cuñada, doña María Alfonsa de Molina.