Al llegar al patio del alcázar, se le acercó el conde de Haro, y le preguntó con la mayor curiosidad:

—¿Qué os ha sucedido? ¿Para qué os quería esa mujer?

—Don Lope, esa mujer, como vos decís, sabe más que todos los hombres y mujeres juntos de Castilla. Esa mujer conoce perfectamente vuestro secreto, y esa mujer...

—¡Oh!, tanto mejor —repuso el conde interrumpiendo a su amigo—, tanto mejor, porque de ese modo verán que soy un enemigo legal que conspiro a cara descubierta.

—La reina me ha dicho que si no consigue con mi mediación haceros variar de propósito, se verá en la dura e imprescindible necesidad de levantar un cadalso para el hijo del último señor de Vizcaya. ¡Y lo hará, don Lope, estad seguro de ello!

—Va, reíos de cuentos... Vos, ¿qué le contestasteis cuando os pidió vuestra cooperación para hacer fracasar todos mis planes? Porque supongo que doña María os llamaría para esto, y que si sabe que estáis comprometido conmigo para ayudarme, no se daría por entendida de ello.

—Justamente.

—Pero, bien, ¿qué le contestasteis?

—¡Qué le había de contestar, voto a sanes!

—¡Ah, comprendo! Le diríais terminantemente que no; ¿no es eso?