—Al contrario; le di mi palabra de caballero de vigilaros, de darle cuenta de todo cuanto hagáis y de librar al rey de vuestra venganza. ¿Qué os parece?
—Infante don Juan, ¡sois un cobarde!
—¡Vive Cristo, conde de Haro, que o no me conocéis como debierais, o dudáis de mí! ¿Qué queríais que hubiera hecho? Ofrecí a doña María cuanto deseaba; pero ¿acaso se cumple todo lo que se ofrece?
—¡Ah, os reconozco ahora! Perdonad —dijo don Lope alargando su diestra al infante—: creí que un exceso de bondad os había inducido a perdonar al hijo de doña María, a ese rey débil y de carácter irascible a un tiempo, que tanto os ha ultrajado, que tanto os ha perseguido sin tener en cuenta que sois infante de Castilla, y como él de sangre real.
—¿Qué queríais que hubiera hecho —continuó don Juan—, si me lo pedía una mujer, una reina suplicante? Mi intención al principio fue contestarle agriamente, y hacerle ver que si perseguíamos al rey, era para vengar justas afrentas; pero me contuve y dije lo que no tenía intenciones de haber dicho. Y ya veis si hemos ganado, porque vendiéndome por amigo suyo, sabré todo lo que piense hacer acerca de vos. Don Lope, yo no me olvido de los ultrajes que se me hacen, ni de las palabras que doy, yendo estas palabras acompañadas con las de «¡venganza y amistad!».
—Tenéis razón, «¡venganza y amistad!», este fue nuestro juramento. Y lo cumpliremos, ¿no es cierto?
—¡Oh sí!, indudablemente.
Al acabar el infante las anteriores palabras, se asomó doña María a una de las ventanas que daban al patio, y vio a los dos amigos cogidos afectuosamente de las manos.
—¡La reina! —exclamó el conde de Haro sorprendido.
—¡La reina! —repitió don Juan confuso y separándose de don Lope.