CAPÍTULO XXIII.
De cómo el conde de Haro llenó el hueco que había en su sentencia de muerte.
Corrió la nueva bien pronto, tanto en la corte como en el ejército, de que doña Beatriz y el de Carvajal se habían casado antes de salir el segundo de Burgos. Esta noticia, que el conde escuchó con bastante sangre fría, causole tal impresión que más de una vez se le vio triste y taciturno. Don Lope no podía olvidar ni un solo momento a la mujer que con tanto delirio amaba, y la única que hubiera logrado, correspondiendo a su ardiente cariño, modificar los instintos feroces del hijo del último señor de Vizcaya. Pero ya todo se había perdido, todo absolutamente. Solo restaba al conde la venganza, y muy pronto trató de satisfacerla plenamente el rival terrible de don Juan Alonso Carvajal.
El ejército llegó sin contratiempo alguno a la villa de Martos, uno de los pueblos más importantes y ricos de la provincia de Jaén, y acampado en las afueras del pueblo esperó a don Fernando, que de Castilla venía a marchas dobles para reunirse a él y seguir la marcha hasta tierra de Granada.
Hacía dos días que se hallaban las tropas en la villa, aguardando al rey. Varias eran las versiones que corrían y varias también las opiniones que sustentaban los caballeros sobre si sería o no don Fernando en aquella campaña el capitán de las tropas.
Multitud de caballeros y oficiales reunidos en la plaza de Martos oían con el mayor silencio al infante don Pedro, hermano del rey y durante su ausencia jefe del ejército, que les decía:
—Las instrucciones, señores, que recibí de mi augusto hermano y señor, antes de salir de Burgos, estaban reducidas a que si él tardaba más del preciso tiempo en venir a reunirse con el ejército, continuásemos la marcha hasta Alcaudete, y sitiásemos esta plaza; de manera que mi determinación está tomada. Mañana, a los primeros albores del día nos pondremos en camino con dirección a dicho pueblo que, Dios mediante, pertenecerá pronto a la corona de Castilla. No podemos perder ni un solo instante, porque si los moros llegan a apercibirse de que vamos sobre ellos, se aprestarán a recibirnos, fortificando más de lo que están sus fortalezas y castillos.