La orden dada por el infante de que a la mañana siguiente saldría el ejército con dirección al pueblo de Alcaudete, corrió al momento por todo él como una chispa eléctrica. Los generales y oficiales, ansiosos de gloria y de nuevos laureles, se regocijaron mucho, sucediendo lo mismo a los soldados; pero la alegría de estos dimanaba de la esperanza de penetrar en algún pueblo morisco, por el saqueo y el pillaje que esta clase de acontecimientos lleva consigo.
A poco de haber pronunciado el infante don Pedro las palabras arriba escritas, apareció en la plaza el judío Aben-Ahlamar y se acercó al círculo que los caballeros habían formado cerca de su segundo general; Juffep acababa de llegar de la corte, y por esta razón podría decir en qué consistió la demora del rey. Así es que el judío se vio cercado de una porción de caballeros, que con vivo interés le decían:
—¿Está su alteza enfermo?
—¿No viene esta vez a mandarnos?
—¿Está ya en camino?
—Decid lo que sepáis.
Pero el judío, sin contestar a ninguna de las infinitas preguntas que se le hacían, se abrió paso por entre aquella masa compacta de hombres y se dirigió al punto donde se encontraba el hermano de don Fernando.
El infante don Pedro le dijo, saliéndole al encuentro:
—¿Vienes de la corte, Aben-Ahlamar?
—Sí, señor; en este momento acabo de llegar a Martos.