—¡Oh, sí, sí, que muera!, ya que no es mía doña Beatriz, que no sea de él tampoco. De esta suerte me vengaré de los dos. La venganza es el único recurso que me queda, ¿no es verdad? Que muera, y Beatriz será mi esposa después, quiera o no quiera. ¡Oh, la ocasión no puede ser mejor! En la guerra, como tú dices, puede uno ser asesino sin pasar por tal. ¡Oh, qué bueno fuera que muriesen a un mismo tiempo mi rival y el sobrino del matador de mi tío!

—¿Me permitís, señor, que te haga una pregunta?

—Habla.

—¿Sabe leer tu grandeza?

—Entiendo, entiendo también algo de letras; pero ¿a qué viene esa pregunta?

—Toma y lee —dijo el judío, sacando al mismo tiempo del bolsillo de su ropón un pergamino cuidadosamente doblado.

El conde de Haro lo hizo así.

—Y bien... —dijo, luego de haber leído el escrito de cabo a rabo.

—El claro que hay en esa sentencia lo iba a cubrir la gitana, vuestra antigua amante, con un nombre que conocéis bastante bien.

—Explícate.