—Tal vez hoy.

—A la media hora de estar aquí su alteza sabrá los nombres de los asesinos de su privado el de Benavides.

—¿Los nombres?

—Sí, Aben-Ahlamar, fueron dos; pero de esto, silencio eterno.

—Comprendo, señor, comprendo. Esa idea se me había ocurrido a mí ya.

El conde se separó de su cómplice con el corazón henchido de alegría. Iba a vengarse, iba a sacrificar tal vez dentro de un momento a dos víctimas inocentes...

Don Fernando entró en Martos al día siguiente que su médico. El rey fue muy bien recibido y obsequiado del pueblo y de sus tropas. Todos se presentaron a cumplimentarlo, como era natural. A tiempo de saludar don Lope al rey, le pidió que le oyese a solas, pues tenía que comunicarle un secreto importantísimo. Don Fernando accedió gustoso. Así es que despidió a todos, saludándolos con la afabilidad que le caracterizaba, y quedó solo con el hijo del último señor de Vizcaya.

—Señor —dijo este—, ¿conocéis a una joven que se llama Piedad?

El rey se ruborizó hasta el extremo de ponerse encendido como la grana.

—Sí, la conozco —contestó con harto trabajo—. ¿No es la sobrina de Aben-Ahlamar?