—Con efecto.

—Y qué, ¿tenéis que decirme algo de parte de ella? —preguntó don Fernando con marcado interés, a pesar de que procuraba ocultarlo.

—Sí, señor; me encarga entregue a tu alteza de su parte este pergamino sellado con tus armas —repuso el conde sacando de su escarcela su sentencia de muerte, y poniéndola en manos del rey.

Este deslió con avidez el pergamino. Reconoció en él al instante la sentencia de muerte que había sellado en Burgos. Su vista se fijó en un renglón que se había añadido, el cual era de distinta letra. El hueco destinado para escribir el nombre del matador del señor de Benavides, estaba lleno. El rey palideció de pronto y dijo al conde, dejando caer el escrito:

—¿Se habrá equivocado Piedad, don Lope?

—Si a tu alteza le queda alguna duda, yo lo afirmo y ratifico.

—No os ofendáis, conde de Haro; pero esos jóvenes...

—¿Hay o no justicia, señor? ¿Vas a dejar impune la muerte de uno de los más principales caballeros de tu reino? Rey de Castilla, la sangre todavía humeante de don Juan Alonso Benavides está pidiendo venganza. ¿Qué digo venganza? Está pidiendo justicia y reparación.

—Estoy seguro, conde de Haro, que esos jóvenes son inocentes —repuso el rey como dudando.

—Cuando Piedad, señor, se ha aventurado a estampar ahí esos nombres, prueba bien clara es de que son los verdaderos asesinos de vuestro privado.