—¿Qué queréis? El rey, cuando se vio burlado por vos, juró tomar a su cuenta vuestro mal proceder, y por lo mismo ha dispuesto que seáis castigado con la última pena.

—¡Imposible, imposible!

—Y como esta sentencia era punto menos que imposible de ejecutar sin la cooperación de vuestro amigo el conde de Lara, le ha ofrecido su alteza la mayordomía mayor de palacio si...

—¡Oh, qué ardid, conde de Haro! —repuso el infante tocando uno de los hombros de su antagonista.

—¿Ardid, decís? Os juro por esta cruz de Santiago que nada hay tan cierto como lo que acabáis de oírme.

Y al mismo tiempo besó el conde con religioso respeto la cruz que llevaba pendiente de su cuello.

—Decidme —repuso el infante inmutado—: ¿y aceptó el de Lara la mayordomía?

—La aceptó comprometiéndose, bajo formal juramento, a entregaros al verdugo el día que el rey disponga.

Las anteriores palabras produjeron el efecto que deseaba el conde. Don Juan se levantó de su asiento lleno de ira e indignación. Su mano derecha se apoyó en el pomo de su daga; su boca entreabriose para dejar pasar terribles imprecaciones y denuestos contra don Fernando y el de Lara; sus ojos, de suyo vivos, brotaban fuego: parecía en aquel momento una furia del infierno.

Riose desdeñosamente el conde, y le dijo con tono afable: