—Sosegaos, infante don Juan. Yo os aseguro que quedaréis vengado.
—¡Oh, sí, sí; pero terriblemente, don Lope! Y tú, pérfido amigo —repuso el infante desfigurado por la cólera—, tú, que vendes por un destino público mi cabeza, ¡yo te juro que has de temblar con solo oír mi nombre! Puesto, don Lope, que yo no puedo permanecer en Burgos, tomad, por si acaso hay que recurrir a él, este frasco, cuya agua clara y cristalina como la veis, produce sin embargo los más crueles y prolongados dolores. Baste deciros —prosiguió el infante con salvaje alegría— que Aben-Ahlamar, a pesar de su vastísimo saber, no hará por todo el oro de España un veneno de tan maravillosos efectos.
—Conque, según esto...
—¡Conde de Haro, venganza y amistad! —repuso don Juan alargando su diestra al conde.
—¡Venganza y amistad! —repitió el de Haro, loco de alegría.
Tan dignos y esclarecidos amigos guardaron silencio por un poco de tiempo. El conde lo interrumpió con estas palabras:
—Huid de Burgos cuanto antes; y si podéis organizar con vuestros partidarios un pequeño ejército, os declaráis en rebelión contra el rey para de este modo hacer necesaria una capitulación, que yo arreglaré aquí, la cual os facilitará vuestro regreso a la corte con toda seguridad.
—¡Bravo, bravo, así lo haré!
Una tos seca, que en vano trataba de contener la persona de cuyo pecho salía, llegó a oídos de nuestros interlocutores. Estos palidecieron a un tiempo; y los dos, por un movimiento espontáneo, se impusieron silencio, llevándose a la boca el índice de su diestra.
—Quietud, señores, quietud —dijo un anciano penetrando en la estancia con paso lento.