—Sea bienvenido el noble abad de San Andrés —repuso don Lope saliendo al encuentro del canciller de doña María Alfonsa de Molina.

CAPÍTULO IV.

En el que se ve la alegría que tuvo el conde de Haro con la noticia que le dio el judío.

Triste era en verdad la situación de los principales personajes de nuestra historia. No nos ocupemos de la infeliz doña Beatriz, a quien no pudimos menos de dejar entregada a su fatal destino. Hablemos, si place al lector, de doña María y de otros protagonistas de nuestro relato que no tenían motivos para vivir tranquilos. A pesar de la seguridad que el conde de Haro creía tener para satisfacer el agravio que su casa recibiera, no conseguía, por más que encontrase justa la venganza, tranquilizarse siquiera por un momento. Su imaginación le representaba al homicidio ora pintado con los más horrorosos y terribles colores, ora las desgraciadas víctimas de don Sancho, que, escuálidas y teñidas con su propia sangre, le pedían no dejase de vengarlas. Otras veces, su conciencia, tan intranquila como acusadora, le hacía ver el cadáver de un rey inocente, pues que nada tiene que ver el hijo con los desaciertos del padre, tendido a sus pies víctima del veneno o del puñal homicida, y el último ay perenne en su oído como si lo repitiera el eco para su continuo dolor y remordimiento. Entonces, horrorizado con estas terribles imágenes, se decía a sí mismo: «Que viva ese monarca, tal vez para ventura de la patria; que viva, que ya su padre está juzgado por la divina justicia». Pero el deseo de cumplir con la última voluntad de su padre, y la probabilidad de ceñir a sus sienes algún día la corona de Castilla, le hacían arrepentirse bien pronto de su buen pensamiento.

También sufría horriblemente la reina doña María: las palabras de su confesor, el abad, a quien creía y respetaba como a un oráculo, las tenía continuamente grabadas en su corazón; cuanto más trabajaba por olvidarlas tanto más se fijaban en su memoria. Aquella infeliz madre, tan buena como desgraciada, temía con razón por el porvenir de su amado hijo. Y decimos con razón porque sabía, o mejor dicho, no se había escapado a su natural penetración, el designio del de Haro y el infante. Desde entonces trató de captarse la amistad de los dos enemigos del rey. Pero nada bastó con don Juan, que, deseoso de vengarse, había reunido, según las instrucciones que recibiera del conde, un buen ejército, y declarádose enemigo de don Fernando, cometiendo los más inauditos atentados con los pueblos, talando los campos y poniendo a este monarca en gran aprieto. Todas estas cosas que llegaban a oídos de la reina madre, contribuían, como era natural, a llenarle de inquietud y zozobra. La infeliz doña María lloraba amargamente, y echaba mucho de menos a la amante de Carvajal, que más que su dama era una amiga tierna con quien se espontaneaba sin recelos de ninguna especie, recibiendo, en cambio de su franqueza y deferencia, palabras dulces y consoladoras que aliviaban en algún tanto el enorme peso de sus cuitas. Pero esta amiga, gala y ornato de su corte, había sido arrancada del lugar donde era querida por un amante tierno, que en vano se esforzaba en averiguar el paradero de su prometida. Con efecto, los dos hermanos, y más principalmente don Juan, buscaban en vano, como queda dicho, en Valladolid a la desgraciada doña Beatriz. Cansados de infructuosas pesquisas, decidiéronse a volver a la corte donde los llamaba su deber y donde con más facilidad podrían saber algo de tan extraordinario como singular suceso.

A pesar de tener el buen abad de San Andrés el hilo de todas las tramas que se urdían cerca y contra el rey Fernando, inquietábale el porvenir de tan desgraciado monarca. Desde que sorprendió el noble confesor de doña María al conde de Haro y a su amigo el infante proyectando la terrible venganza que ya conoce el lector, no perdía de vista ni un solo instante el menor movimiento del hijo del último señor de Vizcaya.

El de doña María Alfonsa ignoraba completamente todo lo que pasaba en su derredor, y lo revoltosos y poco fieles que eran sus vasallos, porque su madre, para evitar nuevas guerras y disensiones, todo se lo ocultaba. Este monarca, bondadoso, magnánimo y enemigo de derramar sangre, tenía sus defectos como todo hombre, y sus afecciones como joven de viva imaginación y corazón volcánico. Casado a la edad de diecisiete años con una mujer extranjera, conceptuábase harto infeliz viéndose privado del amor de una hija de su mismo país, de una española de ojos negros y esbelto talle; de esas que saben despertar, con sus voluptuosas caricias en el corazón del que aman, sentimientos dulces y desconocidos. No por eso don Fernando se creía en su corazón faltar a su amable y sencilla esposa; el sentimiento que esta le inspiraba distaba mucho de parecerse al deseo inquieto y ardiente que los ojos de Piedad encendieron en el alma del inexperto joven. La legítima consideración que doña Constanza podía exigir de su esposo ofrecíasela este con el más vivo y tierno interés, y, según graves autores, nunca llegó el caso de que el rey faltara a la fidelidad jurada a su esposa. Sea de esto lo que quiera, conviene a nuestro relato decir que el rey, en la mejor inteligencia con doña Constanza cuando los asuntos del gobierno o los negocios de la guerra no le separaban de su lado, procuraba apartar de sí la frenética idea unida siempre al recuerdo de la hermosa y hechicera gitana.

Conociendo el infante don Juan el temperamento del rey, cuando lo tenía en Castrojeriz, creyó conveniente proporcionar a Fernando la mujer que su corazón de diecisiete años ambicionaba. Con esto, el astuto y ambicioso infante consiguió prolongar su favoritismo. Al día siguiente de concebir don Juan su proyecto, trajo de Burgos una joven que hizo pasar por sobrina de Aben-Ahlamar, y que era tal como el rey la había visto en sus dorados sueños. La manera que tuvo el infante de presentarla al monarca se ha visto ya en el capítulo segundo de la introducción.