Trasladémonos al alcázar del rey y a la habitación del judío Juffep Aben-Ahlamar, si se interesa el lector por los personajes de nuestra mal pergeñada historia, y quiere presenciar con nosotros una escena que le vaya poniendo al corriente de ciertos sucesos hasta aquí ignorados.
—Buenos días —dijo el conde de Haro penetrando en la morada del judío.
—Dios te guarde, poderoso y magnánimo señor —contestó este levantándose y ofreciendo al conde su cómoda poltrona.
—¿Qué sabéis de...?
—¡Ah!, tienes razón —repuso el judío interrumpiendo a don Lope—, sé que están ya en Burgos de vuelta de su expedición.
—¿Y cuánto os ha valido el engaño, brujo maldito?
—¿Cuánto? Una cadena de más valor que la catedral.
—¡Magnífico negocio!
—Hacía ya mucho tiempo, noble conde, que no se me presentaba tan bueno.
—Vaya, pues tomad esta, que aunque no de tanto precio es del mismo metal —dijo el de Haro, quitándose al mismo tiempo del cuello una cadena de abultados eslabones, que adornaba asaz bien su pecho.