—¿Qué méritos he contraído para tanto favor, señor?

—Decidme, ¿cómo sigue? —repuso don Lope sin hacer caso de las palabras del nigromántico.

—Lo mismo que siempre.

—¡Qué me has dicho, perro viejo!

—Que su abatimiento es grande, pero se halla más dispuesta en tu favor.

—¡Ah, me volvéis la calma! ¿Puedo verla?

—Cuando tu grandeza guste —contestó el sabio.

Y al mismo tiempo levantó la losa por donde había salido la vieja Simeona.

El conde se precipitó, con una alegría inefable, en el hueco abierto por el judío. La losa volvió a tapar perfectamente el agujero.

Así que hubo desaparecido don Lope, presentose una mujer encubierta, más hermosa que cuanto oro y preciosidades guardaba Juffep en su arca oculta en la pared. La tapada se echó sobre los hombros un capuchón negro que ocultaba completamente su cabeza, y dejó ver un cabello más lustroso y negro que el ébano, y unas facciones bellísimas, si bien un tanto desfiguradas por la viva indignación de que estaba poseída. Sus grandes ojos parecían querer salirse de sus órbitas; su pálido semblante contrastaba con sus labios cárdenos, que se abrían de vez en cuando para dejar salir una sonrisa capaz de hacer temblar a otro hombre que no fuese Aben-Ahlamar. En fin, la ira, los celos, el desprecio... y multitud de otros afectos encontrados veíanse dibujados con los más subidos colores en aquel rostro embelesador.